domingo, 13 de abril de 2014

Amando hasta el extremo

El domingo de Ramos es la puerta de entrada a la SEMANA SANTA.
Escuchemos como nos dice Jesús a cada uno/a:
“¡Cuánto HE DESEADO CELEBRAR ESTA PASCUA CONTIGO!
Prepara tu casa, mira que estoy a tu puerta y llamo, 
si me abres, entraré y cenaré contigo”
Jesús de Nazaret nos regala una nueva OPORTUNIDAD 
PARA ENTRAR en SUS SENTIMIENTOS Y ACTITUDES: 
Amor hasta el extremo, confianza en su Padre, entrega de toda su vida por ti y por mí, por cada ser humano de todas las razas, pueblos, lenguas… 
Y para ello pedimos a Dios la gracia del conocimiento interno 
de la experiencia vital que vivió Jesús, 
para poder  poner nuestro corazón en sintonía con los latidos de Jesús.



EL GRITO QUE DIOS ESCUCHA
“Elí, Elí, lamá sabaktaní”. 
Al judío Jesús se la haría difícil entender por qué tenía que morir como un maldito, colgando de un madero. El abandono de los suyos, el sabor de la traición, seguro que fue plato amargo para Jesús. Pero le quedaba Dios, al que vivía como “Abbá”, como Padre bueno. 
En Él había puesto toda su confianza.

En estos momentos cruciales, en los que se pone en juego toda la vida de Jesús, todas sus palabras, obras, opciones, preferencias,… ¿dónde está Dios? ¿Por qué no habla? ¿Por qué no actúa? 

¿Por qué parece que le ha abandonado?

La experiencia de Jesús es una experiencia radicalmente humana, el sentirnos abandonados por Dios. No se trata sólo de una sensación de desfonde existencial, cuando todos los resortes humanos se debilitan, los intelectuales, los afectivos, las buenas voluntades… o cuando todo lo que parecía que era nuestro proyecto queda como en suspenso. Es más profundo que eso: Dios “se ausenta”, porque parece que es él quien ha tomado la iniciativa, de nuestro horizonte vital. Palpamos nuestra cruz en toda su crudeza. Ahora es cuando más necesitaríamos de Dios. ¡Nos ha sido tan cercano!. En esos momentos, lo único que podemos hacer es unirnos a la voz de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” o, si nos quedan ganas para la poesía, unirnos a Juan de la Cruz: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?”.

En esta soledad absoluta, en estos momentos en que más radicalmente nos sentimos abandonados por Dios, recibimos una gracia especial: la unión íntima y solidaria con Jesús crucificado y, en El, 

con todos los crucificados de la tierra.
Sinfonía de voces que denuncian la injusticia, grito que Dios escucha.
                    Tomado de la página facebook "En todas las cosas"

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